Quien nos iba a decir que la Tercera Guerra Mundial sería contra un enemigo invisible. Ni nuclear, ni espacial, ni cibernética; nos enfrentamos a un microbio, un trocillo de ADN, un patógeno microscópico que ha puesto en jaque a la humanidad.
En principio. Porque las teorías sobre el origen de esta crisis son de lo más variopinto. Pero en este blog que empieza (hablando de un virus y no de amor, ni de cambio climático) vamos a intentar no calentarnos demasiado la cabeza con teorías que no podemos confirmar.
Todo indica que el 2019-nCoV o SARS-CoV-2 para los enemigos es, además de extremadamente contagioso, endiabladamente adaptable. No es una simple gripe. Ni solo un síndrome respiratorio. Todo indica que es capaz de atacar casi todos los órganos. Y cada vez parece más claro que puede enviar al hospital no sólo a los ancianos o la gente con enfermedades previas.
Su objetivo es quedarse, reproducirse. Como todos los virus, lo que más le conviene no es matar sino permanecer y reproducirse. Así que al parecer en la mayor parte de los casos pasa desapercibido para su anfitrión.
Por eso es una pesadilla de salud pública. Es prácticamente invisible, con un largo periodo de incubación. Con un porcentaje estimado del 50% de casos sin síntomas, pero que son contagiosos. Ni siquiera se sabe todavía si pasar la enfermedad nos inmuniza y evita que volvamos a contagiarnos. Si no, las personas dadas de alta no deberían estar confinadas. Deberían estar ayudando sobre el terreno, en las tiendas. Pero ni siquiera eso está claro.
Entramos de lleno en un ambiente bélico. Contra el virus. Es la Tercera Guerra Mundial. La economía será la primera víctima. Aunque todo indica que el colapso económico se preparaba hace tiempo. Solo era cuestión de tiempo que la burbuja hinchada desde el batacazo de 2008 volviera a explotar.
La canciller Angela Merkel decía esta semana que se trata del mayor desafío desde la Segunda Guerra Mundial. El primer ministro italiano Giuseppe Conte ha dicho lo mismo, al anunciar medidas aún más restrictivas como la reducción de la producción industrial al mínimo indispensable. Lo impensable llama a la puerta.
Sabiendo que Italia lleva un par de semanas de (des) ventaja con el virus comparado con España y Francia, la perspectiva es tirando a alarmante.
El presidente Emmanuel Macron utilizó el lenguaje de la época de la Primera Guerra Mundial, llamando a una «movilización general». Curioso, cuando estás pidiendo a la gente que se inmovilice en casa, pero un buen truco si quieres acojonar y dar una dimensión trágica a la situación.
Los últimos mohicanos, Boris Johnson, Donald Trump y Vladímir Putin, que han agotado hasta el último minuto diciendo que esto era una tontería y que sus países eran los mejor preparados del mundo mundial, le han visto las orejas al lobo y ya empiezan a tomar medidas. Tarde. Que se lo pregunten a los habitantes de Nueva York. Lo más seguro a estas alturas es que tengan que aplicar medidas tan severas como las del sur de Europa.
Por detrás de esta Terecera Guerra Mundial sanitaria se libran otras. La de los precios del petróleo entre Rusia, Arabia Saudí, que quieren hacer la cama a Estados Unidos y su petróleo de ‘fracking’, que no es rentable con precios bajos. Alta tensión.
La de la información y la propaganda, con Rusia difundiendo rumores de todos los colores sobre la crisis y escondiendo las cifras de contagios por motivos electorales. China acusando a EEUU de haber creado el virus. (Poco probable, vista la hostia que se van a llevar los Estados Unidos, y posiblemente Trump).
Movilización para qudarse en casa
Lo más difícil de esta Terecera Guerra Mundial es que para la gran mayoría de ciudadanos implica no hacer nada. Aislarse.
Vamos a tener que luchar, eso sí. Luchar por mantener nuestra salud. No ya frente al virus, que también, sino frente al confinamiento, la angustia y el miedo.
Tendremos que enfrentarnos con todas nuestras fuerzas al egoísmo que agota el papel higiénico y puede costar más vidas.
También tenemos que luchar por no caer en la facilidad de sacar conclusiones precipitadas, de creer noticias falsas que reafirman nuestra frustración, nuestra incomprensión, nuestra rabia por la situación inconcebible a la que nos enfrentamos.
Contagiemos el virus. El del amor, la amabilidad, el humor, la alegría la paciencia y la calma. Lo vamos a necesitar.
Cuídate, cuida de los demás, y aprovecha la pausa. El silencio, la lentitud, es una oportunidad. Baila, canta, toca música, lee, escribe.
Aléjate de las conspiranoias que solo van a multiplicar tu estrés. Seguramente el sistema nos ha preparado alguna chapuza. Probablemente nos esconden algo, pero de momento no lo sabemos. Y no sirve de nada calentarse la cabeza con todo eso.
Bastante tenemos con lo que tenemos.
Inmunízate contra el miedo y la ansiedad.
Arrepantingado en tu casa, o fuera de ella si puedes, hay que ayudar. A los ancianos, a la gente sin hogar, a los refugiados abandonados a su suerte. En Haití o Venezuela, en África, esta crisis sanitaria puede ser un auténtico desastre. Así que, encerrados o no, tenemos que estar alerta.
Yes we can!
(Dónde cojones está Obama cuando le necesitamos).
*Por las circunstancias el primer post de este blog va sobre el coronavirus, pero no es la idea principal.
Una valiosa y valiente iniciativa en estos tiempos del «cóleravirus» y empieza bien. ¡Gracias !
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